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viernes, 29 de enero de 2016

Fue abandonado cuando era bebé. Luego de una intensa regresión se enteró de toda la verdad

Un chico había sido abandonado cuando era muy pequeño y siempre tuvo la inquietud de conocer a sus verdaderos padres. Un día supo acerca de las regresiones para hacer que una persona recuerde acontecimientos de su pasado que han sido bloqueados por causas (traumas) diversas. Y lo que encontró fue mucho más de lo que esperaba. Encontró una verdad que le tocó el corazón:


Nunca conocí a mis verdaderos padres por eso cuando leí el aviso del periódico que decía “¡Conéctate con tu pasado! Se hacen regresiones…” inmediatamente sentí curiosidad. Corté la página con mis manos y guardé el recorte en mi cartera bien doblado. No le quise contar a mis “papás” porque podían pensar que era un malagradecido o que no los quería así que lo guardé como un secreto. Con el tiempo lo olvidé.


Yo fui adoptado a los dos años y medio. No recuerdo cuando eso sucedió, de hecho no tengo ningún recuerdo o registro mío en el hogar de acogida. Mis “papás” me contaron que fue así. Ellos no podían tener hijos por un problema genético y por eso tuvieron que adoptar. Yo siempre lo supe o al menos desde que tengo memoria. Ellos no tuvieron problemas en compartirlo conmigo cuando llegó el momento oportuno. En un principio me dolió muchísimo saber que mi propia sangre me había abandonado pero jamás supe quienes eran ni cómo sucedió todo. Por lo demás mis “papás” siempre han estado ahí para mí, son muy cariñosos y me quieren mucho. Así que intenté ignorar un pasado invisible.


Un día después de la escuela vi el mismo aviso que había visto en el diario pero pegado en un poste en la calle. No quedaban papelitos para recortar con el número telefónico pero me acordé  del recorte de diario que llevaba en la cartera hacía semanas y que no había vuelto a leer. Lo examiné detenidamente. Parecía todo muy profesional pues el aviso era a color, estaba bien hecho, resaltaba frente a los otros, en blanco y negro, que se alcanzaban a ver en la página que había recortado. Saqué mi celular y llamé al primer número. En seguida una contestadora comenzó a hablar con una música de fondo que parecía sacada de Aladino. 


“Para consultas con nuestros expertos parapsicólogos marque 1”. Seguí cada paso hasta que me llevó a una operadora. Tomé una hora para el día siguiente a las 5 pm. Justo era el día que tenía deportes en la escuela así que podía faltar sin problemas, sin que mi “mamá” se diera cuenta. No sé porque no les conté. Pero en ese momento me pareció que era algo personal. Una misión que me había sido asignada por derecho natural. No quería compartirla con ellos. Yo debía averiguar sólo quienes eran mis padres.


Estuve muy ansioso todo el día. Creo que no puse atención a ninguna clase. Sólo podía pensar en un tipo hipnotizándome, llevándome en un viaje cósmico hacia el pasado. Imaginaba ver las caras de mis padres, ellos huían, eran muy jóvenes y corrían muy rápido. Yo era muy pequeño para alcanzarlos.


Apenas sonó la campana que decía que se había acabado la última hora de clases tomé mi mochila y corrí sin despedirme de nadie. Salí de la escuela pensando que era una especie de fugitivo de la ley. Pensaba que estaba haciendo algo muy malo que haría enojar a mis padres. Le había sacado la tarjeta de crédito a mi “mamá” para pagar la regresión, pero creo que me parecía peor estar buscando a mi verdadera familia. Era como negar todo lo que habían hecho por mí.


El lugar era igual que cualquier hospital. Tenía una sala de espera con dos sillones en ordenados como una “L” alrededor de una mesa de centro de vidrio con revistas. Había una secretaria que te recibía apenas ingresabas al lugar y tres puertas que te llevaban a las oficinas de los parapsicólogos que hacían las terapias y sus cosas. Yo no entendía mucho de que se trataba. Busqué un poco de información en Wikipedia un día, pero creo mi decisión de ir fue bastante impulsiva ahora que lo pienso. Fue ese “Conéctate con tu pasado” que me convenció.


Sólo tuve que esperar como 10 minutos cuando me llamó desde una de las puertas una mujer joven. Parecía muy joven para ser parapsicóloga o al menos yo imaginaba que me atendería una mujer muy vieja, como una especie de bruja gitana. Fue muy simpática y luego de preguntarme mi nombre y mis datos personales me preguntó por qué quería hacerme una regresión. Le conté que quería conocer a mis verdaderos padres y descubrir por qué me habían abandonado.


Noté que su cara cambió cuando dije la palabra “abandonaron”. Luego me invitó a recostarme en un sillón muy cómodo mirando hacia el techo. En seguida comenzó a hacerme preguntas de mi vida personal: quiénes eran mis papás adoptivos, la escuela, mis amigos, el fútbol y muchas otras cosas. Nada sobre recuerdos ni hipnosis. “Esta mujer me está estafando, todo esto es un fraude”, pensé yo antes de sentarme y mirarla. Cuando lo hice pude ver que la mujer sollozaba y que le caían lágrimas de sus ojos. No entendía nada.


“Perdóname”, me dijo y luego carraspeó fuerte, como si tuviera un nudo que le impedía hablar. Más lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos. Sacó un pañuelo de una caja que había a un lado del sillón donde yo estaba sentado. Se limpió los ojos y se sonó. “Era muy joven y muy pobre… era madre soltera, tenía 17 años y con suerte podía trabajar. Vivía en la calle y te llevaba conmigo en brazos. Yo fumaba crack para quitarme el hambre y olvidarme de los problemas. Te dejaba con una señora que vendía frutas en un puesto en la calle mientras yo iba a pedir dinero a la escalera del metro. Me gastaba casi todo en las papelinas con crack que compraba en un edificio por ahí cerca. Un día después de un día muy duro desperté en un hospital, estuve como 1 mes ahí y a ti nunca más te volví a ver. Cuando logré huir del hospital, busqué a la vieja de las frutas pero ya no estaba y tú tampoco. Y después toqué fondo…”


Iba a decir algo pero callé. Estaba nublado y creo que también comencé a llorar. Ella continuó hablando pero yo no escuchaba nada, sólo la miraba a los ojos y examinaba su boca y sus orejas y sus manos. Su cuerpo delgado. Su pelo largo y negro amarrado con una trenza. Me habló horas. De su depresión. El proceso de desintoxicación, su viaje, sus estudios. No retuve muchos detalles pero hubo un minuto en que me puse de pie y la abracé. Ella se puso muy tensa pero levemente me fue abrazando. Así estuvimos varios minutos, que parecieron horas, fundidos en un abrazo”.

Él vio cómo agredían a una mujer en la calle. 5 años después sigue preso y ahora cuenta su historia

Estar en la situación equivocada en el momento equivocado, eso le sucedió a Tomás. Fue por un suceso que ocurrió hace 5 años y hasta el día de hoy está preso. Su realidad es triste, no cometió ningún crimen y aún así debe pagar con el tiempo de su vida. No pierde la esperanza de que algún día se haga justicia y pueda volver a estar libre. En su entorno, nadie le cree cuando dice que es inocente. Todos alegan lo mismo. Sin embargo, aquí reproducimos su versión del hecho:



Llevo 5 años aquí desde que sucedió el crimen. Yo lo vi todo, vi a los agresores correr y a la policía llegar con sus armas. Me pusieron las esposas. No atiné a decir nada. Estaba estupefacto. En el juicio mi abogado trató de defenderme pero, como no le pude dar toda la información, no pudo hacer mucho por mí. Los días pasan lento. La comida es pésima y mi cabeza está siempre ocupada en una cosa: la escena del crimen.


Yo había ido a comprar regadores nuevos. Josefina, la que era mi mujer, me había dicho que era urgente porque el pasto se estaba secando. Salí de mi hogar a las 6:14 de la tarde. Nunca más volví. Pensé en tomar un bus local hasta la tienda, sin embargo, me agarré la panza y decidí que un poco de ejercicio me haría bien para bajar kilos. Pasé por las tiendas, hablé con gente y me divertí viendo a los niños jugar en las plazas. Era la vida de barrio que nunca había logrado tener debido a que mi trabajo consumía todo mi tiempo.


Me había pedido el día libre en la constructora para resolver lo del jardín y pasar por una notaría a firmar el contrato de arriendo. También Andrés, mi hermano menor, me insistía para que lo visitara. A sus 18 años estaba harto de la presión de mis padres y quería beber una cerveza conmigo. Además, seguramente, algunos dólares. No paraba de decirme que quería ganar dinero, que no soportaba más vivir en esa casa y que quería irse del país cuanto antes. Yo le recomendaba que estudiara y que estudiara algo en la universidad, pero eso no estaba en sus planes.


Terminé mis trámites en la notaría, compré los regadores, y antes de tomar la calle hacia la casa de mis padres pasé a comprarme un helado. Así iba por las calles, feliz, el sol me daba en la cara. No pensaba en que era lunes y que al día siguiente tenía que volver a trabajar. Sólo me preocupaba que Josefina dejara de molestarme con lo del pasto, poder hablar con Andrés sobre sus problemas y luego cenar con mis padres. Había mucho que contar. Mis proyectos de negocios, las vacaciones que tenía pensadas y quizás comunicarles que tenía deseos de tener un hijo.


Nada de eso pudo ser posible. Quince minutos después de que acabara mi helado, la realidad cambió drásticamente. Me di cuenta de que había dejado en la tienda la bolsa con los regadores y el contrato. Me desesperé, me di la media vuelta y corrí en la dirección opuesta. Intenté parar los taxis, pero ninguno se detenía. Si perdía el contrato estaba en un grave aprieto, así que apuré lo más posible el paso para recuperar la bolsa. De pronto pasé frente a un banco y vi algo que me cambió la vida. En la entrada estaba Andrés, junto con otros dos jóvenes, atacando a una mujer que se aferraba a su cartera.


Mis ojos no lo creyeron en un principio, pero no dejé de correr. Fui hacia ellos a máxima velocidad y grité el nombre de Andrés. Él me miró y alertó a sus compañeros. Sin embargo ellos se cubrieron los rostros y continuaron golpeando a la mujer. Yo traté de disuadirlos, Andrés se cubría el rostro y me gritaba que me largara de ahí. La mujer de un momento a otro tropezó y cayó de cabeza en el pavimento. Sus ojos se cerraron, la sangre tiñó su ropa y sólo ahí los jóvenes lograron quitarle su bolso. Todos corrieron, escapando del lugar, incluyendo Andrés. Yo me quedé con la mujer tratando de ayudarla. Pero tuve que ponerme de pie de nuevo cuando vi que los dos jóvenes que acompañaban a mi hermano en su crimen, ahora lo golpeaban porque pensaban que los había traicionado.


Luché contra ellos. Recibí un par de golpes, sin embargo logré que dejaran en paz a Andrés. Ellos se fueron por un lado con la cartera llena de dinero y Andrés por el otro, con las manos vacías. Antes de correr me dijo que tenía miedo, que lo había hecho todo mal y que sentía mucho lo que había pasado. Yo sólo le dije que hablaríamos después, que se escondiera y que encontraríamos la manera de resolverlo. Me quedé en la escena del crimen. Escuché disparos y pronto la policía me rodeó y me hizo entrar al coche blindado.


Las cosas no resultaron como esperaba. Se me culpó del crimen. Un guardia y un par de clientes me habían visto golpear a dos de los asaltantes, pero ayudar a uno. Por lo tanto, asumieron que yo era uno más de la banda. Mis manos habían quedado llenas de sangre y la mujer quedó en estado de coma. No tenía cómo librarme de la responsabilidad. El único que podía sacarme del problema era Andrés. Todavía puede. Estoy tras los barrotes esperando. Aunque sé que eso no ocurrirá. Mis padres me informaron que no lo han vuelto a ver. No sé si escapó por su cuenta o sus compañeros en el delito le hicieron algo para que no hablara.


Josefina ya no está conmigo. Mis sueños ya no son lo que eran antes. Ahora sólo deseo vivir tranquilamente. Esperar que Andrés vuelva a la ciudad. No me refiero a que se entregue y yo quede en libertad. Es cierto que me gustaría volver a respirar el aire de las plazas, pero sobre todo quiero que aparezca para saber que está bien. Es mi hermano menor; sólo un muchacho ingenuo y tonto. Si la mujer sale del coma las cosas podrían cambiar. Si es que recuerda algo, podría cambiar el rumbo de la investigación. En todo caso, no creo que eso ocurra. Me parece que lo mejor es no tener expectativas, dejar que las cosas en el exterior sucedan porque desde aquí no puedo hacer nada.


La escena del crimen se reproduce todos los días en mi cabeza. Vivo en la monotonía. Sólo relatar esto me devuelve algo de fuerza. Como si la confianza de alguien desconocido pudiera provocar mi salvación. Eso es lo que siento: que si me creen, soy libre.



¿Qué te pareció el caso de Tomás?

jueves, 28 de enero de 2016

Abrió la rara publicidad que surgió en su pantalla de ordenador. Ahí, apareció lo que cambió su vida

Internet está llena de sorpresa. Por Facebook podemos encontrar a amigos de la infancia que no veíamos hace mucho, recetas de platos deliciosos, videos de adolescentes ridículos haciendo cosas ridículas, y también mensajes que pueden cambiar nuestra vida. La siguiente historia habla de rutinas, de insomnio y mucho trabajo, pero no se trata de un relato monótono, sino todo lo contrario: enseña que la vida es una sola y que lo mejor es mantener los ojos abiertos y no dejarnos llevar como las manecillas del reloj


Trabajaba como contador. Todo el día frente al computador viendo números. Llevaba 9 años en la misma empresa y en el mismo puesto, con un horario de 8 a 8. Tardaba poco menos de una hora en el viaje de mi casa al trabajo, y por las noches sólo me queda tiempo para dormir. Algo que por lo demás, no hacía muy bien desde hace varios meses. Me desvelaba hasta pasada las 3 de la mañana, y el reloj sonaba todo los días a las 6. Las ojeras le gritaban al mundo mi cansancio, pero nadie se daba cuenta. En realidad, si lo pienso bien, en los tiempos de hoy con todo el mundo ensimismado, nadie se da cuenta de nada. 


Sucedió un lunes por la tarde. Quedaban pocas horas para salir del trabajo y después de 10 horas frente al computador sentía como si estuvieran friendo mi cerebro. Era uno de esos momentos en que uno se pregunta por qué está haciendo lo que está haciendo, y luego, como sigues en lo que estás haciendo, ni siquiera tienes tiempo de contestar la pregunta. Me pasaba a menudo, sobre todo un lunes por la tarde, pero ese día fue distinto. De repente mi computador se vino a negro. Casi fue shockeante dejar de ver la planilla llena de números, pero en seguida mi mente se sintió algo aliviada.


Miré los computadores de mis compañeros de al lado y seguían prendidos. Pensé que podía ser un problema del sistema, a lo mejor el computador estaba tan cansado como yo y sufrió un colapso nervioso, bromeé para mis adentros. Era increíble lo que un pc apagado podía hacer en mi: hasta me ponía más divertido. Apreté el botón para encenderlo pero no pasó nada. Entonces, la situación no me pareció tan divertida y comencé asustarme ¿Y si se había echado a perder? ¿Y si pensaban que era mi culpa? ¿Me descontarían el arreglo del computador del sueldo? ¿Me despedirían? Pese a que, como he dicho, no lo pasaba nada bien mi trabajo, la posibilidad de que me despidieran me parecía aterradora.


Estaba por pararme a contarle a mi jefe lo ocurrido, cuando el computador comenzó a funcionar otra vez de la nada. La planilla seguía allí sin ningún cambio, pero se había abierto una nueva página de internet.


Al principio, pensé en cerrarla, intuí que esa nueva página tenía algo que ver con que mi computador se hubiera apagado ¿A caso sería un virus?


Pero la curiosidad era muy fuerte. Necesitaba descubrir de qué se trataba.


Miré para ambos lados. Mis compañeros estaba muy ocupados en su trabajo y era poco probable que estuvieran pendiente de lo que yo hacía. No sé por qué, pero miré para arriba. La luz de los focos era muy fuerte y me cegó por un segundo. Luego miré a una esquina y me di cuenta de que había una cámara de seguridad grabando. Nunca ante me había dado cuenta de que estaba ahí y un escalofrío me recorrió la espalda.


Tragué saliva y me decidí a abrir la página. 


Resultó no ser más que publicidad. Me sentí muy ridículo por preocuparme tanto. Y ya que le había dedicado tanto tiempo, decidí echar un ojo a lo que ofrecían. 


Para mis sorpresa, no se trataba de publicidad convencional. Es decir promovían una especie de fundación. En la imagen principal aparecía la foto de un niño muy pequeño, de unos 6 o 7 años. Parecía desnutrido y muy cansado. El fondo era difuso, pero mostrabas sus manos abiertas, llena de marcas y heridas. Sus manos parecían de adulto. La foto iba acompañada del siguiente mensaje:


“¿Y tú, también vas a seguir indiferente?.


Si quieres saber más, haz clic aquí”.


Me conmovió la imagen del niño e hice clic en seguida.


Se abrió una nueva ventana, esta vez con un video.


Puse play. Se trataba de una grabación casera que mostraba al niño anterior y a unos 10 más como él trabajando con máquinas de cocer. Las condiciones del lugar eran horribles. Las ventanas no tenían vidrios y las paredes estaban agrietadas e inmundas y parecía que el techo se iba a caer en cualquier momento. Qué decir del espacio. Los niños estaban todos apretados en una habitación que no debía medir más de 10 metros cuadrados. Un hombre en una esquina que parecía un guardia o algo así, se ocupaba de exigirles a los niños que trabajaran más rápido. En determinado momento a uno de ellos se le trababa el hilo en la maquina de cocer y esta se apagaba. Entonces el vigilante iba y le gritaba y después le pegaba una cachetada. El niño ni siquiera lloró, sólo bajó la cabeza e intentó arreglar el atasco.


El video seguía adelantando, y cambiaba de escenario. Se veía a los niños durmiendo todos juntos en una misma pieza de condiciones aún peores que la anterior. También mostraban cómo se bañaban todos juntos en un gran lavatorio muy poco higiénico.


De pronto, la cinta se iba a negro. Y aparecía un voz que decía:


“Esta es la realidad de muchos niños en la India. Se trata de exclavitud moderna. ¿Pero quién los exclavisa?


En ese momento la cámara del computador se prendió y apareció mi imagen en la pantalla. Sobre mi rostro apareció el siguiente texto:


“Estos niños trabajan haciendo ropa en fábricas ilegales. Hay cientos como estas en la India, y son subcontratadas por otras empresas de occidente, que luego venden la ropa en sus tiendas. ¿Alguna vez te has preguntado por que la ropa es cada día más barata? El gobierno de la India está intentando poner freno a este tipo de lugares, pero con tanto dinero involucrado, corrupción y mafias, se hace muy difícil. Sólo tu puedes hacer la diferencia. Tras una ardua investigación, te presentamos la lista de tiendas que se ha descubierto que trabajan con este tipo de fábricas ilegales”.


En la mitad de la lista apareció la empresa para la que yo trabajaba. No lo podía creer. 


Cuando la lista se acabó apareció un último mensaje:


“El video que acabas de ver fue grabado por uno de los niños que trabaja en el lugar, el puso en riesgo su vida para que tu pudieras verlo ¿Qué vas a hacer tú?”


¿Qué hice yo?


Me paré de silla, tomé mis cosas y me fui de la empresa para nunca volver. Ya han pasado un par de meses y puedo decirles que abrir los ojos fue la mejor decisión que he tomado en mi vida. 



Recibió un email que la dejó llorando. Entonces, decidió ir a buscar al autor y darle una bofetada

Las relaciones pueden fracasar por infinitos motivos. Sin embargo, a veces estos son tan insólitos que lo hacen a uno pensar que lo mejor es quedarse solo para siempre. Hay algunas personas que simplemente no demuestran empatía y lo único que buscan es velar por el bien propio. Algo así le sucedió a Marcela que se emparejó con un hombre algo mayor que la trató como no debería. Esta es su historia:



Marcela es una mujer de 35 años, vive en un departamento con sus dos gatos, trabaja como dentista y hace poco tuvo que vivir una experiencia sumamente decepcionante. Ella había entablado una relación con Arturo, un tipo mayor que conoció en clases de yoga. Desde el comienzo hubo algo extraño entre ellos. Él la miraba para imitar sus posturas y Marcela se sentía a gusto recibiendo esa atención. Era tímida, frágil y hace años que no tenía un romance, ni siquiera un coqueteo. Arturo la invitó a tomar un trago y ella aceptó. Si hubiera sabido con quién se estaba metiendo, se hubiera dado media vuelta y escapado lo más rápido posible.


En la primera salida él insistió en pagar por todo. Ella aceptó y pasaron un buen rato. Arturo no dejaba de hacerle preguntas y Marcela se limitaba a contestarle. Cuando ella trataba de preguntarle algo sobre su vida, él la evadía y cambiaba de tema. Lo que pudo inferir era que trabajaba como administrador de una empresa, que tenía 52 años y que estaba soltero. Se siguieron viendo clase tras clase hasta que, por alguna razón que Marcela desconocía, dejó de ir. Tras finalizar la sesión, preguntó a la profesora por su paradero. Ella le dijo que desconocía por qué había dejado de asistir a clases.


Ese mismo día, al llegar a su departamento, Marcela encontró un ramo de flores en su puerta. Entre las hojas verdes encontró una tarjeta con un número de teléfono. Ella lo agregó a sus contactos y le envió un mensaje que decía: “Gracias”. A la mañana siguiente, Arturo la llamó para que salieran. Ella lo escuchó cansado, nervioso, pero creyó que se debía a los nervios de invitarla a una cita. Después sabría que, ese día, su vida completa se había derrumbado. Marcela aceptó la propuesta y quedaron en juntarse a las 10 de la noche.


Arturo la pasó a buscar en taxi. La llevó a un restaurante, comieron aperitivos y él quedó algo borracho. Después la acompañó a su casa, preguntó si podía entrar, a lo que ella se negó. Él no dijo nada, sólo bajó la mirada, se despidió y volvió caminando a su casa. Marcela subió a su séptimo piso, se puso en el balcón y lo observó alejarse. Su cuerpo ancho y obeso se tambaleaba con lentitud. Los taxis pasaban, él no los detenía; no le importaba llegar pronto, se notaba deprimido, solo, triste. Fue entonces cuando Marcela comenzó a enamorarse de ese hombre.


En apenas dos meses, lo poco que tenían en común fue suficiente para que se formara una relación. Él seguía siendo muy reservado, pero demostraba interés en conocer a Marcela. Se mudó a su departamento. Vivían ellos dos y la pareja de gatos. Arturo se quedaba en el hogar con el ordenador portátil sobre la panza y los felinos se frotaban contra sus piernas desde la mañana hasta la tarde. Marcela pasaba la mayor parte del día en la consulta. Llegaba cansada y se iba directo a la cama. Como le faltaba tiempo, Arturo le ofreció ayudarla en las responsabilidades domésticas. Le dijo que podía hacer las compras, contratar a alguien para que limpiara y pagar las cuentas correspondientes a los gastos de luz, agua y gas.


Marcela depositó toda su confianza en él. Le daba acceso a sus cuentas y a todo lo que él dijera que necesitaba. Sabía que no le iba tan bien en el trabajo, aunque intentara disimularlo. Pero su desconfianza aumentó cuando en clases de yoga la profesora lo mencionó y dijo que no había pagado las últimas sesiones. Fue tema de burla entre las alumnas más cercanas, Marcela se sintió avergonzada y vulnerable, sin embargo prefirió guardar silencio. Al llegar a la casa, Arturo la recibió con un pastel. Le contó que era su cumpleaños y le dijo que había comprado unos pasajes de avión para los dos. Irían a algunas playas de México y lo pasarían estupendo, le aseguró. Marcela pudo ver en sus ojos la mentira. En vez de gritarle, se puso de pie, lo abrazó deseándole feliz cumpleaños, y luego fue al baño a llorar.


Esa noche durmieron separados. Marcela insistió y Arturo se quedó en el sillón, con los gatos. Él debió comprender que lo suyo no duraría mucho más. Al otro día, en su consulta, Marcela recibió un email inesperado:


“Lo siento, sé que me has descubierto. No soy quién pensabas que era. La verdad es que el día que te invité a salir toda mi vida se derrumbó. Me quedé sin nada. Sin dinero, sin esposa, sin orgullo. Te vi frágil y me aproveché. Ahora, aunque lo lamente, lo hice de nuevo. Tendré luchar con el peso de mi consciencia: he tomado parte de tu dinero, tus ahorros. No todos, pero una buena porción. Sé que te recuperarás. Eres responsable, tienes un buen empleo y saldrás adelante. No quiero alargarme más. Lo que tuvimos, lo valoro. Fuiste buena conmigo. Ojalá algún día puedas perdonarme.


Arturo”


Las lágrimas brotaron de sus ojos. La asistente le preguntó qué le ocurría, pero Marcela no podía hablar. Pensaba que había sido muy estúpida y sentía una rabia tremenda dentro. Tanta era la rabia que se saltó de su puesto y fue a su coche. Condujo hasta su casa, con la última esperanza de encontrarlo y desquitarse con quién la había estafado. Así fue: Arturo estaba afuera, en la calle, llevaba sus maletas e intentaba pedir un taxi. Marcela aparcó, fue hacía él y cuando éste se dio la vuelta por el sonido del caminar apurado, la mujer le dio una tremenda bofetada en el rostro. El golpe lo hizo retroceder. Estaba asustado porque lo había pillado desprevenido. Se tropezó en la vereda y Marcela le dijo que se largara. Tal como lo vio aquella noche, hace alrededor de 3 meses, Arturo fue tambaleándose por las calles.


Marcela subió a su habitación. Se tendió en su cama. Por alguna razón, sus gatos fueron hacia ella y se sentaron a su alrededor. Volvió a llorar. Lloró con mucha fuerza y desesperación. Luego detuvo sus lágrimas y decidió que tenía que irse. Saldría de la ciudad. La idea del viaje, aunque había sido una gran mentira, le resultó atractiva. Tomó su ordenador, ingresó a la web y pagó un destino al azar. Necesitaba alejarse, reordenar su vida y volver hecha una mujer nueva.



¿Conoces algún caso similar?

Una madre se subió al avión con su hijo enfermo. La reacción del piloto me puso la piel de gallina

Viajar en avión puede ser toda una experiencia. A veces hay que armarse de paciencia sino se puede pasar un muy mal rato. Un hombre tenía un vuelo de negocios muy importante. El estrés lo tenía muy preocupado. Sin embargo en su avión le tocó una madre con un bebé enfermo que no dejaba de llorar. La actitud del tipo hacia esta madre no fue la mejor pero por suerte un sensato piloto estaba listo para resolver todo el embrollo.


Por trabajo Mauricio debía volar con urgencia hacia Madrid. Eran más de 12 horas.  No estaba muy contento, el trabajo lo tenía muy estresado y este viaje no ayudaría mucho a aliviárselo. Era un viaje de apenas dos días, estrictamente de negocios y prácticamente pasaría más tiempo en aeropuertos que en la capital de España. Su única alegría era que su oficina había pagado por asientos en clase ejecutiva así que iría más cómodo de lo normal. Pero jamás olvidaría ese vuelo.


El abordaje en el aeropuerto fue bastante lento. Una tormenta estaba demorando la salida del vuelo. La gente comenzó a impacientarse en los asientos ante la espera y le exigían una respuesta a las auxiliares de vuelo que se miraban entre sí nerviosas. Finalmente abordaron como una hora pasado la hora estipulada. Mauricio pensó que no era necesario armar tanto escándalo. ‘Como si ellas tuvieran una máquina que controlara las nubes…pero bueno así es alguna gente’, pensó. Mientras todo esto sucedía él se mantenía pegado a su computadora trabajando en unos documentos que tenía que presentar en sus reuniones de negocios. 


Una vez que abordaron el avión siguió con lo suyo. Bajó la mesa reclinable y se puso a trabajar: nada lo iba a detener. Su plan era tomar un par de cafés y dormir un par horas para llegar concentrado a la reunión. ‘Todo va a estar bien’, se dijo a sí mismo. Respiró hondo y continuó en lo suyo.


No pasó un minuto cuando una mujer de unos treinta y tantos años pasó por el pasillo con una pequeño bolso sobre el hombro y un bebé en brazos. No pudo evitar desconcentrarse, con el llanto descontrolado del crío.La mirada de desaprobación de Mauricio no fue vista por la madre.


Después de una hora el avión no despegaba y el llanto no cesaba. La mujer se sentó en la clase económica pero él no podía dejar de escuchar el desconsuelo de este bebé. Mauricio comenzó a perder la paciencia, tal como los tipos a los que criticó anteriormente. Los quejidos  del bebé eran como cuchillas afiladas que penetraban en su mente y no le permitían trabajar. Después de que llevaron la comida el niño calló pero no pasó más de una hora y volvió a llorar a mares. Mauricio no podía trabajar tranquilo. Estaba desesperado.


Cuando su mente hervía llamó a una aeromoza. Le pidió que por favor solucionara el problema.


– Qué quiere que haga señor.


– No sé, denle una pastilla a ese monstruo ¡o simplemente que esa mujer se encierre en el baño!.


– No levante la voz caballero


– ¡No puede ser!


Lo hicieron callar algunas de las personas que estaban sentadas cerca pero él reclamaba “sus derechos”. Algunos estuvieron con él y también comenzaron a increpar a la joven azafata. La chica explicó que el bebé estaba enfermo y que por eso estaba llorando así.


‘¡No son más que berrinches! ¡CALLEN A ESE MONSTRUO!’ gritó Mauricio.


Se puso de pie y ahí las miradas de toda la clase ejecutiva se centraron en él. Un tipo con traje que estaba en la fila de asientos contigua le pidió calma. Él no hizo caso y, a pesar de las súplicas de la aeromoza, se dirigió hacia la clase económica. No podía entender cómo no podían callar a esa criatura. Caminó decidido ante la mirada incrédula de las personas.


Una vez que estuvo cerca de la mujer la miró y dijo en un tono muy pesado ‘¿Hasta qué hora vas a dejar que llore ese monstruo?’. La mujer no sabía qué hacer, mecía al crío, le hacía cariño y le besaba la frente pero éste no se callaba. ‘Tiene fiebre señor…’, dijo nerviosa. Lucía desesperada. ‘Le di leche, le di su medicina…’


‘¡Eres muy inútil! ¡Cállalo!’, gritó Mauricio.


Fue como si hubiera activado una bomba. La mujer comenzó a sollozar y en seguida dos hombres y una mujer que se sentaban cerca se pusieron de pie para salir en defensa de la madre. Mauricio comenzó a discutir con ellos y miles de voces comenzaron a gritar y hablar a la vez. Se escuchaban pifias de algunas personas y uno del fondo gritó “¡Ve a sentarte abusador!”. Mauricio las emprendía contra todos gritando y amenazando con los puños.  El bebé seguía llorando. La madre miraba desesperada al grupo de personas que se juntó.


De pronto llegó uno de los pilotos del avión junto a dos aeromozas. ¡YA BASTA!, gritó el piloto que lucía impecable su traje azul marino con botones dorados. Milagrosamente todos callaron, incluso el bebé. Luego el hombre se dirigió a Mauricio.


Señor, dado que está tan preocupado por el llanto y la salud de este pequeño bebé usted deberá sentarse aquí en clase económica y usted señora, miró a la madre, nos acompañará al asiento que generosamente le acaban de ceder’.


‘Pero cóm… No puede ser es mi…’. ‘Era’, interrumpió el piloto y continuó. ‘Yo soy la máxima autoridad en este vuelo y usted está obligado a obedecerme sino hago que lo lleven detenido apenas aterricemos’.


Se escucharon aplausos. Mientras tanto Mauricio miraba incrédulo cómo una aeromoza le invitaba a sentarse en el asiento donde antes estaba la mujer. Ésta, mientras, seguía a la otra aeromoza, con su bebé en brazos, hacia a la clase ejecutiva. El pequeño dormía plácidamente. Minutos más tardes le llevaron la computadora portátil a Mauricio y este no atinó a decir nada. La apoyó en sus rodillas y trató de bajar la mesa reclinable pero no pudo.


Luego todos volvieron a sus puestos y Mauricio miraba hacia todos lados buscando un apoyo. Una solución. Alguien que lo defendiera de tamaña injusticia. Entonces se escuchó por el alto parlante:


‘Gracias por su cooperación señor. Esperamos que disfrute la comodidad de nuestros asientos de clase económica y aprenda a respetar a una madre’.


Luego repitió lo mismo en inglés”.

miércoles, 27 de enero de 2016

Ella tuvo un accidente y estuvo en coma por dos meses. Al despertar descubrió una inesperada verdad

La Teoría de Cisne Negro se refiere a eventos inesperados de gran magnitud y consecuencia. Fue desarrollada por Nassim Nicholas Taleb para explicar el alto impacto que pueden producir eventos extraños que están fuera del ámbito de las expectativas normales de la historia, la ciencia, las finanzas y la tecnología. La siguiente historia no afectó al mundo entero, pero si que significó un reto para su protagonista:


Yo lo tenía todo. Una carrera musical como pianista clásica, un novio que me amaba y una familia incondicional, pero en un segundo, se disolvióDesde pequeña que me gustó la música. Mi papá, tocaba guitarra para mi y me emocionaba con la melodía hasta las lágrimas. Cuando tenía 12, les supliqué a mis padres que me inscribieran en clases de piano y con mucho esfuerzo juntaron dinero para comprar un teclado y contratar a una profesora. En la primera clase me di cuenta que había nacido para ser pianista, pero pocos días después sufrí un accidente junto a mi madre. El bus en el que viajábamos chocó y desperté en el hospital con la muñeca rota.


Por un momento, pensé que con la muñeca fracturada, mi sueño de convertirme en una concertista profesional y famosa se iban a la basura, pero no me dejé decaer y puse mucho esfuerzo en la terapia de kinesiología. Practiqué las canciones que ya me sabía en el teclado y fui buscando más por internet. A las semanas, ya había vuelto al mismo nivel en que estaba antes del accidente, y mis padres volvieron a contratar a la profesora.


Ella me advirtió que con lo de la fractura, mi muñeca nunca volvería a ser la misma, y yo le respondí que así era mejor: “Mi muñeca puede parecer más débil, pero sólo en apariencia, porque la verdad es que después de haber salido adelante pese al accidente, ahora es aún más fuerte”.


Comencé con clases 2 veces a la semana, y luego pasé a 4. El resto del tiempo me dedicaba a ensayar las partituras. A los 13 años, la misma profesora le recomendó a mis padres que me intentaran matricularme en un conservatorio. Nuevamente era caro, pero pude conseguir una beca luego de la prueba de admisión.


A los 16 años di mi primer concierto: las sonatas de Mozart.


A los 19 gané el Concurso Internacional de Piano Franz Liszt. El premio me permitió estudiar en el Conservatorio de Ginebra y tuve irme a vivir a Suiza.


La música era lo más importante en mi vida. Cuando tocaba piano sentía como marejadas dentro de mi cuerpo, olas que crecían y explotaban con otras: me hacía sentir viva. Pero por otro lado, tantas horas de práctica me habían alejado del mundo y había perdido la capacidad de conocer gente. Prácticamente no tenía amigos y la única gente a la que conocía se movía dentro del mundo de la música.


Tampoco es que sufriera tanto por el asunto, pero cada vez que iba a ver a mis padres siempre me insistían en que tuviera un novio o saliera con amigas.


Yo les intentaba explicar que no era fácil, pero ellos insistían e insistían. Un día el tema terminó por enojarme y les expliqué que mi único objetivo en la vida era ser la mejor pianista. Que la felicidad no sólo la traían los hombres…


Mi mamá me pidió disculpas: “Pero no es bueno que te obsesiones tanto con esas ideas de éxito y perfección.  Nadie es perfecto, y la vida da muchas vueltas. Tu deberías saberlo muy bien, pues lo viviste en carne propia con tu fractura en la mano. Recuerda que lo importante no es cuán bien toques, sino cuanto corazón pongas en la música”.


Sus palabras me emocionaron y supe que tenía razón. Pero también sabía que habían pasado muchos años y que me sería muy difícil volverme sociable de la noche a la mañana.


Unos años mas tarde, cuando ya había abandonado cualquier esperanza de enamorarme conocí a Julian. Yo estaba de gira por Austria, y en una comida con los embajadores de mi país natal me lo presentaron. Era muy distinguido y aunque no tocaba ningún instrumento amaba la música clásica tanto como yo. Era economista, pero se encontraba en Viena estudiando un magister en sociología.


Nos enamoramos enseguida, y vivimos un corto e intenso romance esas semanas que estuve en Austria. Cuando me fui, prometimos que nos volveríamos a encontrar y en menos de dos años, él estaba viviendo junto a mi en Suiza.


Mi madre era la más feliz y viajábamos a visitarla constantemente. Fue en uno de esos viajes en donde tuve mi segundo accidente.


Lo último que recuerdo fue ir junto Julian en el avión, tomados de la mano. En un momento sobrevolamos el mar y yo le señalé los puntitos blancos en el agua azul.


-¿Ves esos puntitos que parecen estrellas tintineando y luego desaparecen?- le dije- Es la espuma blanca que forman las olas cuando chocan entre sí. Así me siento yo cuando toco piano…


Julian me besó y me quedé dormida entre sus brazos.


Desperté con las alarmas del avión. El capitán dijo por altoparlante que tendríamos que hacer un aterrizaje de emergencia y todos los pasajeros comenzaron a gritar. Julian me miró a los ojos y me dijo que no me preocupara, que todo iba a salir bien. Nos pusimos los chalecos salvavidas que estaban debajo de los asientos y nos abrazamos. Luego, ya no recuerdo más. 


Desperté en un hospital. Estaba sola y sentí pánico de estar conectada a miles de cables y máquinas. Desconecté todo y me levanté asustada, corrí por los pasillos para buscar a Julian. Unos enfermeros me atraparon y me llevaron a la cama, mi mamá llegó a los pocos minutos.


Se veía muy joven y más alta. Enseguida le pregunté por Julian.


-¿Qué Julian?- preguntó extrañada.


-Julian, mi novio- le dije desesperada- veníamos juntos en el avión.


-¿Qué avión?- preguntó ella aún más extrañada y miró a los enfermeros asustada.


– ¡El avión que tomamos para venir a verte mamá!- le grite- ¡Veníamos de Suiza! ¿Qué pasa? ¿Alguien puede explicarme dónde está Julian?


Mi madre comenzó a llorar.


-Es que no sé de que me hablas mi niña. No sé nada de ese Julian, ni de aviones ni de Suiza. Sólo se que veníamos en el bus a la casa y tuvimos un accidente. A mi no me pasó nada, pero tu… ay, mi niña


-¡¿Qué?!- grité yo. ¿El accidente en el bus? ¡Pero si eso ocurrió cuando yo tenía 12 años, mamá!


-¡Pero si tienes 12 años!- dijo ella entre lágrimas- Sólo han pasado 2 meses desde el accidente hija. Todo este tiempo has estado en coma y gracias a Dios has despertado.


En ese momento se abalanzó a abrazarme.


Yo no entendía nada, estaba en estado de shock. La realidad me golpeaba en la cara: todo había sido un sueño, un bello sueño, y por suerte ahora tenía toda una vida para cumplirlo.

martes, 26 de enero de 2016

Un policía vio una luz encendida dentro de una casa deshabitada. Nunca debió haber entrado

Unos policías se enfrentaban a uno de los casos más importantes de sus carreras. Eran los héroes de su comunidad: ya habían desbaratado redes de narcotráfico, combatido la delincuencia y mantenido el orden y las buenas costumbres. Estaban a un paso de conseguir un gran ascenso o al menos ser condecorados con los mayores honores de fuerza policial. Pero el destino quizo otra cosa:


“Antes de esa extraña noche mi trabajo de policía era bastante rutinario. Trabajo en una comisaría de uno de los suburbios de mi ciudad donde no sucede mucho. Es un sector principalmente residencial. Hay delincuencia, sí, un poco, pero la hemos combatido de buena manera. De repente tenemos que perseguir algunos ladrones de casas, acudir a los llamados de los vecinos y ayudar con algunos accidentes de tránsito pero más que eso no sucede nada raro. Pero después de ese viernes nada fue igual.


Todo cambió cuando comenzaron a levantar edificios en una de las avenidas principales. Mucha gente aprovechó el gran precio que ponían las empresas constructoras por sus hogares y comenzaron a vender. En poco más de cuatro meses habían 20 casas abandonadas en el sector. Y lo peor de todo era que se demoraban mucho en iniciar las demoliciones. Algún lío judicial había porque las casas estaban abandonadas y no pasaba nada. No había señales de que comenzarán los trabajos.


Esto lo aprovecharon muchos -jóvenes sobre todo- para hacer fiestas y vandalismo. Incluso una vez encontramos a un tipo que aprovechó el lugar para establecer su centro de operaciones para distribuir marihuana, cocaína y otras drogas duras. Logramos desajustar toda la banda. Aparecimos en las noticias de la tarde y nuestro comandante estuvo muy orgulloso de nuestro trabajo. Se nos prometió un ascenso. Pero todo quedó en el pasado después de esa noche.


Todo comenzó una noche de invierno. Era viernes pero no había mucho movimiento. Llovía y había un viento que helaba los huesos. Yo y mi compañero comenzamos la ronda nocturna sin problemas. Habíamos hecho nuestro primer recorrido y nada. No había casi nadie en las calles. Parecía una noche fácil, no íbamos a tener mucho trabajo. 


Decidimos ir hacia una estación de servicio que abría las 24 horas para comprar un café y comer algo. Ni la calefacción del coche policial era capaz de combatir la temperatura que había afuera. No nos iba a tomar más de 10 minutos. Cuando estábamos en la fila para pagar dos cafés y un par de sandwiches recibimos el fatídico llamado de la central.


Era un código 10-21. “Ruido sospechoso en casa no habitada”. Un vecino del sector de las casas abandonadas dijo escuchar ruidos extraños y ver luces en una de las más grandes que había. Incluso en la llamada la persona dijo haber escuchado un balazo. Enseguida pensé que podía ser una pelea de pandillas o algo que ver con las drogas. Temí lo peor. No era primera vez.


Nos subimos al coche patrulla y pusimos la baliza. Mi compañero conducía como un piloto de Fórmula 1 esquivando todo a su paso. No tardamos mucho en llegar y desde el coche confirmamos que habían unas luces sospechosas en una de las casas abandonadas. Apagamos todo para evitar llamar la atención de los delincuentes. Ibamos a sorprenderlos. Mi compañero me dijo que pidiéramos refuerzos. A mi me pareció que no era necesario.


Nos pusimos nuestras capas para la lluvia y salimos. Ambos desenfundamos nuestras armas de servicio y nos lanzamos a la acción. Si salíamos vivos de ahí nos iban a condecorar con los mayores honores. Eso me motivo aún más. Yo iba a entrar primero lentamente y mi compañero me iba a cubrir. Sólo podíamos escuchar el ruido de las gotas chocar con el techo de la casa abandonada y el ruido de los árboles que se mecían contra el viento. La puerta estaba abierta, todo era muy sospechoso. Había una mala vibra en el lugar.


Entramos silenciosamente, sólo el sonido de nuestra respiración y el crujir del piso de parqué, nos podía delatar. Era una casa grande y antigua de por lo menos de 8 habitaciones. Tenía dos pisos y gran jardín. El primer piso estaba despejado. Subimos la escalera sabiendo que alguien nos podía emboscar. Mi corazón latía como un tambor. Mi compañero sudaba. “Dale”, me dijo. “Vivir con honor o morir con gloria”. Asentí y seguí subiendo.


Todo parecía tranquilo salvo por una conversación y unas risas sospechosas. Nos detuvimos afuera de la habitación donde debían estar los maleantes. Estábamos yo y mi compañero frente a la puerta. Se había reportado un balazo… tenían que estar armados. Imaginé un cuerpo en el piso y un grupo de maleantes planeando que hacer con él. Teníamos que ser veloces y precisos. “A la cuenta de tres”, susurré.


“Uno


Dos


Tres


¡ALTO AHÍ! ¡POLICÍA! ¡SUELTEN SUS ARMAS!”


No sé que fue peor si ver a mi compañero tirado en el suelo de la risa o ver a mi hija de 17 años completamente desnuda besando a su noviecito de la escuela. Él estaba sobre ella en un colchón viejo. Había una botella de champaña descorchada en el piso y dos vasos plásticos. “Eso explica el balazo”, pensé y luego apunté el arma hacia ese chico que osó meterse con mi niña.


Mi hija no me habla. La castigué sin salir y sin celular por 1 año. Aunque no creo que funcione. Mi esposa cree que estoy loco. El jovenzuelo, que resultó vivir a dos casas de la mía, me denunció por abuso de fuerza y fui suspendido del trabajo, sin paga, por tres meses. Mi cargo está en evaluación. Mi compañero me sigue jodiendo con el tema”.


 

Dos adolescentes molestaban a un hombre sin hogar. Cuando él despertó sus palabras fueron únicas

Siempre se dice que los niños pueden ser muy crueles. Los adolescentes también pueden serlo, y mucho más que los menores. En un pueblo cercano a una gran capital, vivía un hombre sin hogar que acostumbraba a pasar las noches fuera de una tienda de videojuegos. Él pedía las monedas que a los jóvenes les sobraban de las máquinas, así podía comprarse comida y ropa abrigada.


Desafortunadamente no todos eran buenos con él. Había dos chicos que siempre se quedaban hasta tarde y luego de salir le derramaban refrescos encima. Los adolescentes le decían que olía mal y que se fuera del lugar. El anciano lo único que hacía era protegerse y pedir compasión, sin embargo ellos seguían y no lo dejaban dormir. Las cosas siguieron así durante meses, hasta que de pronto, una noche en la que nevaba y el anciano dormía, los jóvenes se acercaron y uno de ellos se paró sobre las piernas del hombre. Éste comenzó a gemir de dolor, mientras que el otro quinceañero se reía de la situación. 


De pronto, el que estaba sobre el anciano dejó de molestarlo y se quedó en silencio. Su amigo no entendía por qué había dejado de hacer su espectáculo. Y entonces, comprendieron que el hombre los miraba sin decir palabra. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Haciendo un gran intento logró ponerse de pie. Se puso frente a ellos y esto fue lo que les dijo:



“Me he puesto de pie para decirles algo breve. Yo sé que ustedes son jóvenes buscando diversión. Lo hacen conmigo, arruinan mis noches y la ropa que con esfuerzo logro conseguir. Hoy en día las cosas están muy mal en el mundo. No me sorprende que ambos sean así. Tampoco que yo sea la víctima de sus travesuras. Después de todo, estoy en la calle, vivo aquí. Esta es mi casa y no es una casa privada. Sólo quiero decirles que antes de que comenzaran a molestarme, ustedes dos eran mis favoritos. Estoy aquí desde hace años y los he visto crecer. Al principio venían con sus madres, las recuerdo. La tuya usaba una cinta roja en el cabello y la tuya vestidos blancos. Ellas siempre me ayudaron. De hecho, ustedes también lo hacían a esa edad. Les preguntaban si podían dar algo de dinero al “hombre sin comida”, y ellas les entregaban monedas para que las pusieran en mi mano o en mi taza. Nos sonreíamos mutuamente. Era hermoso. No me tenían miedo como todos los otros chiquillos. Por eso los quería tanto, y los sigo queriendo. Porque yo sé que ustedes han olvidado esos tiempos y no se dan cuenta de a quien lastiman. Yo no he olvidado esa época en la que eran mis dos niños bondadosos, los que más se preocupaban de mí. Sé que no se percatan, pero a veces doy vuelta la cabeza y los veo jugar, escucho sus conversaciones sobre muchachas. Estoy feliz por ustedes. Han tenido una buena vida y la seguirán teniendo. Les digo esto porque creo que ya llegó el momento de hacerles ver que yo era el “hombre pobre” al que antes ayudaban. Pensaba en irme uno de estos días, cambiar de lugar, quizás buscar un pueblo donde el invierno no sea tan duro. Pero como no tengo recursos y estoy viejo, no me he decidido a hacerlo. Mañana me marcharé, buscaré refugio. Pueden tomar esto como una despedida. Antes, quiero darles un regalo. Tomen estas dos fichas que ustedes me regalaron una vez, hace años. Fue un día en que pensaron que yo no sólo necesitaba comida, sino que también necesitaba jugar maquinitas como ustedes. Así que cada uno guardó su última ficha y me las dieron en este mismo lugar. Me he quedado con ellas porque es de las cosas más bonitas que han hecho por mí. Ahora se las doy para que la guarden o para que las gasten si lo prefieren de esa forma. Pueden hacer lo que quieran. Sólo quiero darles las gracias. Gracias por cómo fueron, eso es lo que recordaré cuando ya no esté más aquí”.



El anciano se quedó en silencio. Se tocó los ojos con la palma de la mano y miró hacia el suelo. Después volvió a echarse en su lugar de siempre, tenía mucho frío y debía cubrirse. Fue entonces cuando los dos jóvenes fueron hacia él, se agacharon y le dieron un abrazo. Ambos lo abrazaron porque recordaron el cariño que le tenían, pero también porque necesitaban protegerlo del frío. Era su amigo y ahora lo sabían. No dejarían que nadie le hiciera daño. Los dos le pedían perdón mientras apretaban muy fuerte la ficha que el hombre les había dado.


¿Qué te pareció la historia? ¿Has sabido de algún suceso similar?

lunes, 25 de enero de 2016

Ella contó su tragedia por las redes sociales. Lo que vino después fue la sorpresa de su vida

Las redes sociales han revolucionado la forma en que nos comunicamos. Facebook, Twitter, Instagram hacen que nos sintamos más cerca el uno del otro,  pero moverse por las redes sociales no es fácil y a veces puede generar conflictos innecesarios. La siguiente historia habla de redes sociales, de violencia y de las amistades que los superan todo.


Siempre critiqué a la gente que usaba Facebook como diario de vida. Cada vez que alguien manifestaba lo feliz o infeliz que se sentía por la red social, yo lo encontraba patético y lo sentía como una ofensa personal. Eliminé a varios amigos de la red por lo mismo e incluso estuve a punto de cerrar mi propia cuenta. Antes me creía una sabelotodo, pero lo cierto es que no sabía nada. Perdí amigos y tiempo valioso catalogando y criticando a las personas. Antes no lo sabía, y sólo los los golpes de la vida hicieron que terminara por aprenderlo.


Además de dejar de seguir por Facebook a amigos que ventilaban sus acciones y sentimientos, entraba en discusiones con ellos. No sé de dónde sacaba la desfachatez, pero me era capaz de gastar horas burlándome de post que me parecían “ridículos”. Gracias a actitudes como esa es que mis amigos fueron disminuyendo en número: no era sólo yo quien los eliminaba, sino que también ellos preferían no tenerme en su muro.


Con Lisa se me pasó la mano. Éramos amigas desde el colegio, y solíamos bromearnos si tapujos, pero un día sin darme cuenta se me pasó la mano. Su novio se había ido a estudiar de intercambio a Australia, y ella estaba tan triste por Facebook que escribió: “No sabes cuánto te extraño y lo que duele que no estés aquí”. Yo me topé con su estado al voleo y sin tapujos escribí el siguiente comentario: “Publicarlo no va a cambiar las cosas”. Lisa me contestó una pesadez y yo le seguía la discusión. Al final me mandó un mensaje interno, preguntándome por qué la trataba así. Yo le dije que encontraba patético que publicara cosas como esa en su muro.


“¿Cómo me puedes decir algo así? Se supone que eres mi amiga y deberías ayudarme”, escribió Lisa.


“Porque soy tu amiga, te lo digo. Sólo un amigo de verdad es capaz de decir las cosas de frente”, le contesté yo.


“No puedo entenderlo. Si de verdad piensas que puedes ayudarme diciéndome algo así, deberías hacerlo en privado no a la vista de todo el mundo. Estoy triste de verdad y tu más encima me insultas. Siempre te defendí con los demás pero ahora comienzo a entender por qué te eliminaron de Facebook”, siguió diciendo Lisa.


Yo era muy inmadura por entonces y sus palabras me produjeron tanta rabia que le dije: “Tal vez deberías hacer lo mismo y eliminarme de tus amigos”. Lisa me respondió que no siguiera agrandando las cosas. Pero a mi me sonó a que me estaba tratando de exagerada y le dije: “Sabes que más, yo misma te voy a eliminar. Adiós”.


La borré de Facebook y desde entonces que dejamos de tener todo tipo de comunicación.


Como deben sospechar, mi actitud hizo que me quedara bastante sola, y llegado cierto punto casi no tenía ningún amigo real, sólo conocidos. Hice como que no me importaba mucho y me convencí de que tener menos amigos debía ser un síntoma de la adultez.


Llevaba varios fines de semana sin salir y un día decidí ir sola a un bar.


Después de un par de copas se me acercó un tipo que dijo que se llamaba Emanuel. Preguntó muy cortésmente si se podía sentar junto a mi en la barra y me invitó una cerveza. Nos reímos toda la noche y quedamos de salir otro día.


A las pocas semanas ya estaba en una relación con Emanuel. No sabía muchas cosas de él porque era muy reservado, pero eso era justamente lo que más me gustaba de su personalidad.


Un día salí a un bar sola. Me gustaba estar conmigo misma y necesitaba una copa. A eso de las 12 recibí una llamada de Emanuel. Se alteró mucho cuando le conté que estaba en el bar y me dijo que quería verme ya mismo. Me extrañó su actitud, pero accedí.


Pasó a buscarme a las afueras del bar y me llevó a su casa. Una vez en su pieza, comenzó a pedirme a gritos explicaciones por mi actitud. Yo no entendía a qué se refería y así se lo dije. 


Él me miró con ira y antes de responderme me pegó una bofetada. Yo quedé en estado de shock, no podía creerlo, nadie nunca me había golpeado y que lo hiciera él parecía irreal. 


Siguió hablando como si nada y yo me quedé parada sin poder hacer nada.


Volvió a pegarme una cachetada porque según él no lo escuchaba. El golpe fue tan fuerte que me rompió la nariz y comencé a sangrar. Ver el liquido rojo en mi mano hizo que despertara y comencé a gritar por ayuda. Entonces se me tiró encima y comenzó a ahorcarme. 


Si no hubiese sido por el compañero de piso de Emanuel, que se despertó con el ruido, quizás no podría contar todo esto. 


Después de verme liberada de sus manos, salí corriendo de la pieza y de la casa. Estaba tan asustada que ni siquiera me atreví a tomar un taxi, corrí hasta llegar a mi casa.


Al día siguiente me sentía pésimo. No podía creer que algo así me pasara a mi. Lo peor es que no podía contárselo a nadie porque había alejado a todos mis amigos. Me sentí miserable y sin saber qué más hacer, abrí mi Facebook y conté todo lo que me había pasado la noche anterior.


Al contar mi experiencia, me desahogué, pero además fue como gritar por ayuda. Las primeras dos horas nadie comentó ni puso me gusta a mi estado. Entonces reflexioné y me di cuenta de lo importante que era a veces compartir tus sentimientos y supe lo injusta que había sido en el pasado. Pero darme cuenta de lo sola que estaba sólo hizo que me sintiera terrible.


Me acosté a llorar en la cama y justo cuando estaba en el peor momento de mi tragedia, mi celular comenzó a sonar. Era Lisa, me preguntó cómo estaba y me dijo que iba a verme enseguida.


“¿Cómo te enteraste?”, le dije, “si te borré de Facebook”


“Si, me borraste, pero yo he seguido viendo tu perfil desde entonces y como tú eres muy burra con las tecnologías no tienes bloqueado tu perfil y todo lo que publicas lo puede ver cualquiera”, dijo entre risas.


“Amiga…”, dije yo emocionada.


“Ya, salgo para allá enseguida” dijo Lisa y en menos de una hora estaba a mi lado.


Le perdí perdón por comportarme tan mal cuando ella me necesitó y ella me dijo que lo importante es que volvíamos a ser amigas.


Si escribo este post ahora es por Lisa y todas las personas a quienes ofendí. Quiero reconocer mi error, mis prejuicios y disculparme con todos mis amigos. Espero algún día volvamos a compartir nuestros estados… 

Este tipo y su perro eran inseparables. Entonces, él debió dejar la ciudad y ocurrió algo memorable

Los perros son unos compañeros fieles, amistosos y protectores. Una vez que se tiene uno de mascota es casi imposible olvidar la experiencia. Hay cientos de testimonios que dan cuenta de eso y cada día se suman más. Esta vez presentaremos uno de un hombre que vivió algo muy especial con su mascota. Él tuvo que separarse de ella por motivos laborales, pero algo casi fantástico ocurrió después:



A Rita la encontré en la calle. Estaba en los huesos, sangrando, deshidratada. Sus mandíbulas no tenían fuerzas para morderme cuando la cargué para ayudarla. Seguramente pensó que iba a llevarla a un basurero, donde la molería a palos y luego la abandonaría. Quizás otros ya habían hecho eso con ella. En cambio la llevé donde mi amigo Jorge. Él era enfermero y podía curarla, darle remedios, aconsejarme cuál era la mejor forma de proceder. Tuve miedo cuando pensé que podría decirme que había que sacrificarla. Por suerte no fue así. No sé si hubiera sido capaz.


Su recuperación fue lenta, pero también fue una de las etapas más bonitas que viví con ella. En sus ojos de perro podía ver la gratitud que sentía por mí. Ya no intentaba morderme o alejarse cuando acercaba la mano, sino que recibía mi cariño con gusto. La alimentaba con lo que Jorge me había dicho. Compré varias bolsas de aquello y los nutrientes parecían estar sanándola. La vida en la calle le había hecho muy mal. La basura, el frío, las golpizas… Pronto volvió a crecerle el pelaje que mi amigo había tenido que cortar para hacerle curaciones. Se veía hermosa. Brillaba en todo momento. Y cuando dio su primera corrida alrededor de la casa, sentí que mi corazón no daba más de alegría.


En un evento familiar, mi hermano me dijo que le encantaba mi perra y que, ahora que estaba curada, él podría recibirla en su hogar para que jugara con sus niños. Yo me quedé callado. No había pensado en desprenderme de Rita. La quería, le había puesto un nombre, pero también sabía que con los niños ella estaría mucho más feliz. Una vez que se acabó la fiesta, mi hermano me llevó a casa en su coche. Le abrí la puerta para que entrara. Rita se acercó moviendo a la cola y él la acarició. Se quedaron juntos y yo fui a buscar la correa para que se la llevara. Sin embargo cuando se la extendí y la cogió, no pude aflojar mis dedos. “No te la puedo regalar”, le dije.


Rita creció, se hizo fuerte, nos volvimos inseparables. Me acompañaba a todos lados. Nos entendíamos perfectamente y juntos lo pasábamos increíble los fines de semana en el parque. Sin haberle enseñado ningún truco, ella sabía lo que tenía que hacer. Yo le hablaba como a un humano. Incluso recuerdo una vez que estábamos cruzando una calle y le dije en voz alta: “Rita, estoy perdido, ¿este es el camino más corto para llegar a la fuente de la plaza?”. Ella se detuvo en seco, retrocedió camino y yo sólo atiné a seguirla. Trotaba más rápido que yo, así que tuve que ponerme a correr entre la multitud con la correa. Luego de doblar en dos esquinas pensé que estaba asustada y sólo quería volver a casa. Pero tras doblar una tercera vez, pude ver la fuente ante mis ojos. Solté la correa, Rita fue directo, subió las patas y comenzó a beber del agua.


Hoy, al igual que ese día, estoy perdido. Sin embargo, es peor la tristeza que el haberme extraviado de la ruta. Me cambio de ciudad y tuve que entregar a Rita a la familia de mi hermano. Voy en el coche, los puentes y los ríos van quedando atrás. No puedo pensar en todos los kilómetros que nos separan ahora. Estoy en la que será mi ciudad por los próximo 7 años. El trabajo me exigió estar cerca de la fábrica y tuve que acceder. Hojeo los mapas para ver qué camino seguir. No entiendo nada, doy vueltas en círculos. De pronto veo a un perro, se parece a Rita cuando era pequeña; del tiempo cuando sus heridas estaban sanando. Doblo y tomo su misma dirección, pero una curva me hace perderla. En eso, recibo un mensaje de mi hermano, dice: “Me entristece y avergüenza decirte esto: Rita ha escapado. La buscaré hasta encontrarla. perdóname”.


Me he puesto a dar vueltas por la ciudad. Ya no porque estoy perdido, sino porque tengo la idea metida de que quizás pueda encontrarla. Le pregunto a la gente, muestro las fotos de mi billetera. Nadie la ha visto. Es absurdo, lo sé, y mañana mismo volveré a la ciudad para buscarla en los lugares a los que solíamos ir.


Ya estoy en mi nuevo hogar. Ni siquiera bajaré las cosas del coche, mañana partiré y quizás deba pasar algunas semanas fuera. Sí, hasta encontrarla, juro que no me rendiré hasta tenerla de nuevo conmigo. Me echo sobre la cama y mis ojos se cierran a los pocos segundos. Lloro antes de dormirme, y mi cuerpo creo que sigue haciéndolo incluso estando en el sueño. Esto es terrible. No sé por qué me separé de ella. Nunca debería haberlo hecho.


La luz de la mañana me hace abrir los ojos. Eso y unos golpes de la puerta que deben ser de un vecino ansioso por recibirme, el cartero o un policía que viene advertirme que mi coche está mal estacionado. Lo dejo pasar, sólo quiero un café y partir de nuevo el viaje de regreso. Bajo a la cocina. El sonido persiste y me hace doler la cabeza. Ahí me hago un café, al menos había eso. No tengo azúcar, así que me lo tomo amargo. Miro por la ventana, me cuesta tragar. Descubro que los vecinos también están asomados por la ventana y me miran. Cierro la persiana y dejo mi café en la mesa. El sonido ha cesado, por lo que voy a ver quién era el que tocaba.


Abro la puerta y hay un hombre de barba. Me entrega un fajo de revistas, cartas y otros documentos. Además me da la bienvenida al barrio. Yo le digo que no estoy bien, que quizás no esté mucho tiempo por acá. Él se despide con un gesto de la gorra y se da vuelta. Entonces veo a Rita al lado de mi coche. Duerme en la sombra que éste proyecta, pero ahora está despertando porque la veo subir la cabeza y mirarme. Camino hacia ella bajando los escalones. Rita se queda en el suelo moviendo la cola. Cuando digo su nombre se pone de pie y corre a mi encuentro.



¿Qué te pareció el relato de este hombre?

Él vive encerrado desde que nació por una enfermedad. Desde un hospital cuenta su última esperanza

Hay personas que han tenido que pasar por lo peor, vivir experiencias terribles, gente que siente que cada día es un infierno. La salud es frágil y nadie está libre de las enfermedades. A cualquiera le puede tocar tener que cambiar radicalmente su modo de vida por un problema de ese tipo. Pedro Sandoval tuvo que vivir gran parte de su vida en una pequeña habitación en la casa de sus tíos. Él padece de una extraña alergia al sol y la mínima exposición puede traerle consecuencias fatales. Ahora él ha hecho un relato sobre algunos hechos que le tocó vivir y aquí lo compartimos para que se conozca: 



Cuando era niño no entendía lo que sucedía conmigo ni por qué me habían puesto en una pieza cerrada. Me acuerdo que todo era negro. En todas las direcciones sólo había oscuridad. Yo podía tocar las marcas de las cicatrices en mi piel; sólo tocarlas, nunca verlas, y no tenía consciencia de cómo se habían originado. Hoy ya sé que son de cuando comenzó mi enfermedad, pero eso ya fue hace mucho. Intento retroceder en mi memoria, ver el sol de mis primeros meses, sin embargo ese pasado inicial, aunque haya tenido luz, me parece más oscuro que la negrura que vino después.


Mi nombre es Pedro Sandoval. Yo soy al que llaman “el hombre que nunca ha visto el sol”. No lo he visto porque no quiera, sino porque desde temprana edad se desarrolló en mí una fuerte alergia a su luz. Mi piel ardía incluso con los rayos tenues y azulados de la mañana. Mi familia no sabía que hacer. Por cosas de la vida, mis tíos se hicieron cargo de mí. Vivíamos en la pobreza y cuando se dieron cuenta de que mis brazos y piernas de bebé estaban terriblemente lastimados, no se les ocurrió otra cosa que confinarme a una habitación de herramientas que quedaba en la parte trasera de la casa. El lugar estaba medianamente arreglado y yo podía quedarme ahí sin necesidad de salir fuera.


Ellos me cuidaban, es cierto. Se preocuparon de alimentarme, de darme calmantes con el poco dinero que lograban conseguir. Incluso sellaron a la perfección la pieza que estaba destinada para que viviera. El tío Eugenio pasó semanas buscando agujeros y ranuras por las que podrían entrar esos sables de luz. Y lo logró, lo hizo todo bien. Quedó nada más que un pequeño orificio en la esquina del tejado por el que entraba un haz que era del tamaño de la yema de mi meñique. Ese haz de luz que podría haberme asesinado fue la única diversión que tuve hasta mi cumpleaños número 14. Fue entonces que me regalaron un televisor, las paredes se pintaron con los colores emitidos por la pantalla y yo pude entender lo que sucedía en el exterior.


Veía programas desde que amanecía (el haz de luz se situaba bajo una mesa), hasta la noche (cuando éste desaparecía entre bolsas de clavos). Sólo bajaba el volumen del televisor en el momento en que escuchaba niños y personas conversando cerca de la habitación. Esas conversaciones me parecían más interesantes que lo que mostraba el aparato. A pesar de que alguna vez quise participar, intervenir con algún comentario, nunca lo hice. Tenía miedo y sabía que podrían burlarse de mí o quitar de un manotazo alguna teja o plancha de lata de mi refugio.


Los años pasaron, yo me iba enterando de cosas gracias a mis tíos. Por ejemplo: de la boca de mi tío Eugenio supe que mi tía Elvira había muerto. Lo dijo muy triste, creo que nunca había sentido tanta tristeza en la voz de alguien. Luego me explicó que él tendría que mudarse y que estaba intentando buscarme otro lugar para que yo viviera. Los meses se hacían largos. Mi tío Eugenio me visitaba cada vez menos y yo comencé a pasar hambre. No quería decirle nada, sabía que vivía deprimido y que su situación económica estaba peor que nunca. El televisor dejó de funcionar. El haz de luz volvió a ser mi entretención principal; observaba a las hormigas que cruzaban por ese desierto diminuto y circular. Unas cargabas migas de pan, otras cargaban a sus compañeras heridas o agonizantes.


La semana que pasé cuatro días sin comer tuve un sueño revelador. Cerré los ojos y al instante aparecí en una zona blanquísima. Mis pies estaban congelados, corrían ráfagas que helaban la garganta y todas las extremidades. Era un ambiente desolado, muy duro, pero yo me sentía feliz. Seguí caminando, vi un pueblo, me dirigí hacia él, y cuando estaba en recorriendo sus calles comprendí que me encontraba en la Antártida. Antes de que el televisor dejara de funcionar había visto un programa donde explicaban que en los polos los días duran 6 meses y, así también, las noches. Yo paseaba en la oscuridad y la gente hacía su vida cotidiana; los niños iban a la escuela, las personas conversaban entre ellas. Entonces supe que yo podía ser uno de ellos. Ése era el ambiente propicio para que yo pudiera desarrollar mi vida. 6 meses de paz, sólo eso necesitaba.


A la mañana siguiente me despertaron unos golpes en la puerta. Eso fue extraño, porque mi tío tenía llaves y me hablaba para avisarme cada vez que iba a abrir la puerta para que yo me protegiera. Volvieron a tocar. No dije nada. De pronto la puerta se abrió súbitamente y la luz inundó la habitación. Una capa negra nubló mi vista y luego perdí el conocimiento. Desperté en otra sala negra. Una voz me explicó que era una sala de hospital. Quien me hablaba era un doctor. Me contó que mi tío había avisado de mi paradero y que él vendría a visitarme en algunas semanas.


En la actualidad sigo en esta sala de hospital. Han pasado casi dos meses. Las enfermeras son amables conmigo, me hicieron curaciones porque la luz que dañó mi piel cuando botaron la puerta para rescatarme. Yo les dije que apreciaría mucho tener un televisor. Ellas se lo comunicaron al médico a cargo y él consiguió uno para mí. Ahora me han dicho que pronto quizás llegue otra persona con mi misma condición. Eso sería genial, compartiríamos pieza. Podría hablar con él sobre lo que es vivir así. Compartir experiencias, ver programas juntos. Pero más que nada me gustaría que llegara mi tío, tengo que contarle del sueño que tuve. Hay una oportunidad para mí. En los polos está la salvación. Voy a tener paciencia, la he tenido toda mi vida, soy experto en eso. Lo que más deseo es salir al mundo.



¿Qué te pareció la vida de Pedro? Esperemos que pueda lograr su sueño o que surja alguna cura para su padecimiento…

viernes, 15 de enero de 2016

Esta pareja estuvo 3 años intentando ser padres. La noticia del doctor derrumbó sus vidas

Para muchas parejas tener un hijo y formar una familia está dentro de sus grandes planes de vida. Traer a una persona al mundo quizá puede ser uno de los cosas más hermosas y misteriosas que puedan existir. Es el milagro de la vida.  Pero hay muchas personas que, a pesar de intentarlo de muchas formas, no puede concebir a un bebé y la frustración puede ser muy grande.


Eso le sucedió a esta pareja que hizo hasta lo imposible por tener un hijo:


Desde que conocí a María Isabel me enamoré. Nunca me voy a olvidar de ese día en la fila del banco. No pude evitar fijarme en ella desde que se puso tras de mí. No se cómo logré iniciar una conversación; fue sobre el clima, creo. El calor de enero. Terminé invitándola a salir y de ahí todo fue como una bola de nieve de amor que creció inmensamente. Desde ese día han pasado ya 8 años. Es increíble como pasa el tiempo.


Llevamos cinco años de casados. Una ceremonia simple, íntima, pero muy hermosa. Siempre que quiero olvidar malos momentos como los de hoy recuerdo ese día. En el patio trasero de la casa de su abuela, algunos familiares y amigos. Su ramo de rosas blancas, igual que el vestido que tanto le costó arreglar con su mamá y una vieja máquina de coser…


De los cinco años, hemos estado en campaña como tres para por fin tener un hijo. Hemos probado todo. Hemos ido a doctores y brujos de todo tipo. Queríamos hacerlo de la manera tradicional. Y yo siempre me he negado a adoptar. A ella no le importaría… Mi suegra aún jode con sus ideas, sus infusiones, collares y no se qué cuentos. Mi madre dejó de hacerlo después de un año. Todos quieren un bebé. Yo y mi esposa también, pero después de todo lo que ha sucedido parece una tortura.


Cuando me despidieron de mi último trabajo seguimos con el tratamiento de fertilidad. Es que las ganas de por fin tener a mi hijo (o hija, ya la verdad ni me interesa su sexo) en mis brazos era muy grande. Vendimos mi auto al vecino de enfrente. Eso alcanzó para cubrir las últimas cuotas de la operación que por fin harían que mi esposa se pudiera embarazar de mí “semilla”. Fue difícil reunir todo el dinero pero el premio era más importante.


El día en que fuimos a buscar los resultados de los últimos exámenes a la clínica estábamos muy nerviosos. Con María Isabel decidimos que no abriríamos el sobre hasta llegar a casa. Mis padres, mis suegros y unos amigos esperaban en la casa con unos cuantos bocadillos para celebrar. Mi papá compró una botella de champaña.


Antes de entrar al apartamento María Isabel me miró a los ojos y me dijo: “Abrámoslo ahora. Es nuestro. Después le contamos al resto”. Yo asentí. El nerviosismo me estaba matando. Ella rompió la parte de arriba sacó los papeles, leyó de arriba a abajo y se quedó muda. Después rompió a llorar y una sonrisa extraña asomó en su boca. Después me pasó los papeles. “Son lágrimas de emoción”, pensé. “¡Por fin voy a ser padre!”.


Miré el papel detenidamente desde la primera letra que indicaba el nombre de la paciente: María Isabel X y lo leí hasta el final. No entendí mucho hasta que llegué a “Virus de la inmunodeficiencia humana  (VIH): positivo”. Ahí me desmayé. Desperté en el sillón con mi suegra hincada a un lado abanicándome con una revista. “¡María Isabel está encerrada en el baño llorando hace como media hora!”, gritó. Creo que me volví a desmayar.


 


*Esta publicación es parte de Upsocl Ficción